"La deuda invisible de la 4T: promesas al pueblo, facturas al futuro"
La Cuarta Transformación presume de haber erradicado la corrupción y regresado el poder al pueblo, pero los números empiezan a contar otra historia. El FMI no es precisamente un organismo neutral, claro, pero sus advertencias sobre la economía mexicana no pueden ser ignoradas: crecimiento negativo para 2025, una deuda pública que subirá casi 10 billones de pesos en solo seis años y una perspectiva de contracción mientras el resto del G-20 sigue avanzando.
La respuesta presidencial —"no han entendido que llegó la 4T"— suena más a evasiva que a explicación. No basta con afirmar que el dinero "se regresa al pueblo" si al mismo tiempo se siembra un terreno donde florecen la incertidumbre financiera y el riesgo de colapso fiscal. La deuda pública no es solo un número: es la hipoteca silenciosa que se está cargando sobre las espaldas de las futuras generaciones mexicanas. El gasto social puede ser noble en sus intenciones, pero sin crecimiento sostenible detrás, corre el peligro de convertirse en una promesa rota, en una serie de derechos formales sin garantía material.
Más grave aún es el intento de presentar la elección de jueces y magistrados como un avance democrático incuestionable. En realidad, se abre la puerta a la politización de la justicia, debilitando su independencia, un principio esencial en cualquier Estado de derecho. La justicia no puede ni debe someterse a la lógica electoral ni a la dinámica de popularidad. Porque cuando la ley depende de las urnas y no de los principios, el derecho deja de proteger a todos para convertirse en un instrumento de quien tenga más votos o más carisma.
Y mientras tanto, el discurso de la "honestidad" se convierte en un mantra repetido hasta el cansancio, como si la sola virtud moral bastara para sostener una nación entera. La transparencia real no se grita: se demuestra, se documenta, se audita. El manejo de los recursos públicos debe pasar por el tamiz riguroso de la rendición de cuentas y no quedar sujeto únicamente a la confianza ciega en las buenas intenciones del gobierno.
Lo más peligroso de todo no es el error económico, ni siquiera la erosión institucional. Es la fe ciega. La construcción de una narrativa donde todo está bien simplemente porque así se proclama desde un escenario oficial es la antesala del conformismo ciudadano, el terreno fértil donde florecen los abusos silenciosos. El problema no es solo el tren que se construye, la deuda que se acumula o la justicia que se politiza. El problema es dejar de mirar más allá de las palabras bonitas y perder el hábito de exigir, cuestionar y defender los derechos que tanto costaron conquistar.
La 4T podrá decir que todo ha cambiado, pero la realidad —más testaruda que cualquier discurso— nos recuerda que sin crecimiento económico, sin justicia independiente y sin rendición de cuentas, la transformación no es más que una palabra hueca.



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